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De los 7 a los 12 años



El niño entra en el uso de la razón

De los 7 a los 12 años, la conciencia del niño, con la ayuda de la inteligencia y de la intuición, se agranda cada día más. Es diferente de las edades anteriores, porque ya está formada no sólo de hechos y conocimientos, de sujetos y de objetos, sino de la posesión y elaboración de las ideas, por lo que comienza a pensar en abstracto.

El niño empieza a hacer uso de la razón. Va siendo capaz de juzgar las cosas como bien o mal hechas. Entre los 10 y los 11 años, empieza a manifestar síntomas de espíritu crítico y de rebeldía.

Con todas sus facultades llega al juicio de las cosas y avanzando en su maduración llega a la razón que es el encadenamiento de los juicios. Encadenamiento que se produce pasando de un juicio a otro, manteniendo estrecha relación entre ellos, de manera que los últimos juicios dependan aún de los primeros.

Hasta ahora el pensamiento del niño se producía espontáneamente sin dirección alguna. En el niño de siete a doce años, el pensamiento se organiza, tiene una dirección, prevee las cosas que pueden acontecer. Es decir un pensamiento razonador. El pensamiento no es ahora un simple juego, tiene una utilidad.

La de dar a la conciencia el valor de una cosa universal, el valor de una conciencia social, de introducir el mundo dentro de sí. Con ello no perderá nada de su peculiar personalidad; por el contrario será menos un individuo, pero será más una persona que piensa por sí mismo, pero al unísono con un pensamiento universal, con una conciencia social.

 El niño entra en la vida seria

Al entrar en el uso de la razón, el niño comienza también a entrar en la vida seria. Es más responsable de sus actos, o al menos, capaz de progresar más rápidamente su sentido de responsabilidad. Su posición dentro de la familia, su posición dentro de la escuela, dentro de la sociedad empieza a surgir un cambio.

Por una parte, él no se conforma con un papel totalmente infantil. Por otra, se le exigen actitudes y trabajos más importantes. Dentro de la familia ya no es un ser al que todo se lo dan hecho. El también debe hacer algo, para sí mismo y para los demás. Dentro de la escuela, los aprendizajes aumentan en cantidad y dificultad, pierden en gracia y encanto y, sobre todo, hacen penetrar en la conciencia del niño la idea de que se dirigen a la consecución de algo que sólo se obtendrá en un futuro remoto.

También la sociedad comienza a tratar al niño de otra manera. Aún se le respeta, pero no tanto como cuando tenía 3, 5 ó 7 años; no le abre paso con tanta facilidad, se le hace esperar cuando quiere llegar a una primera fila. Y aún más, se le impulsa, cuando no le obliga, a estar presente en alguna fiesta, en algún desfile, en alguna concentración, donde se le considera más como un número que como un individuo.

Necesita asegurar su posición en algún grupo social. De aquí el desarrollo en esta edad de las barras, clubes secretos, etc.

Tiene afán de prestigio y lo busca en la estatura, en la fuerza, en el dinero, en jactancias y rivalidades.

La conquista de la independencia

Ocurre que, precisamente este momento en el que ha perdido algo de su maravillosa y primitiva libertad, comienza a intuir que es un ser independiente y quiere actuar con independencia.

El niño a esta edad necesita sentir la responsabilidad de realzar sus proyectos o encargos, de tener ocasión de hacerse valer, y de experimentar cierta libertad en sus acciones. Mientras va a realizar el mandado que el encargó a la familia, mientras busca el insecto que le pide la escuela, mientras vuelve del acto público donde mandó la organización a la que pertenece, convierte paradójicamente su nueva misión en un acto de independencia, que resuelve muchas veces, dentro de su vida interior, viviendo imaginariamente las hazañas de un Robin de los Bosques o de cualquier otro héroe de leyenda.

Y a esta supuesta independencia adapta su constante “porqué”, que se hace menos infantil y se vuelve más especulativo. Su “por que” adquiere más lógica y pierde conformidad. Apunta más lejos y no se contenta con la respuesta escuela o parcial.

Pregunta más allá del seno familiar; pregunta al compañero, al profesor, al libro, pero sobre todo, se pregunta a sí mismo. Hasta ahora había adoptado la realidad de su vida interior. En este momento presiente que habrá de acomodar su mundo interior a la realidad que lo circunda. Y a veces, mezcla graciosamente el gesto imaginativo de lanzar, como Robin una flecha, con la actitud del que busca en lo más hondo del pensamiento.

Si su padre está atento a sus necesidades espirituales, si su profesor es inteligente, se encuentra con la agradable sorpresa de que el niño ya no sólo es niño y se va convirtiendo en un amigo. Entonces puede producirse el más maravilloso y constructivo de los diálogos que por desgracia se malogra muchas veces por un padre excesivamente atareado, cuando no distraído, o por un profesor pedante, cuando no negligente o rutinario.

Durante este período de iniciación de la emancipación de los adultos, el niño tiene necesidad de cariño y buena dirección. Necesita sentir que goza de la confianza de sus padres y educadores. Necesita diálogo, y tanto como el éste la orientación.

Tanto si el diálogo se produce como si no se produce, el niño completa su búsqueda de conocimientos con un monólogo constante, en el que analiza todo cuanto la realidad le ofrece, todo cuanto la enseñanza le procura, y quizá más que nada, todo cuanto su inquietud de saber lo descubre. Este comportamiento, se presenta a partir de los 10 años y se desarrolla principalmente en estos dos contextos:

En casa

Aumenta el interés hacia el padre. Sin embargo, ya aparecen los primeros síntomas de deseos de independencia. Prefiere no participar en salidas familiares. Lo que de verdad le importa es el “grupo”.

En el colegio

Siente ansias de competir, de ganar, de hacerse notar. Lo entusiasma los juegos de equipos y su sentido de la solidaridad del grupo es grande. El espíritu de competencia y rivalidad entre las diversas barras o cursos es también notable.

Por un tiempo más o menos corto, según tarda en aparecer el período de la pubertad el niño recuperará aquella primitiva intuición que le dio los primeros conocimientos y la hermanará con la nueva razón, llegando con las dos a un ensanchamiento de su saber.
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