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La afectividad en los niños




Cuanto más rica en emociones sea la vida afectiva, más rica podrá ser en sentimientos. Cuanto más inteligente, más pronto podrá transformar sus emociones en sentimientos. Pero los sentimientos, al igual que las emociones, necesitan algo externo para elaborarse y dar un tono afectivo a toda la personalidad; necesitan un estímulo.

Ávido de comunicaciones afectivas, su necesidad fundamental es sentirse amado. Por eso, solo en ese ambiente de seguridad afectiva puede sentirse bien. Este estimulo, nacido en el exterior o en la propia interioridad del alma, será más fácil en una vida en la que la relación con el mundo sea dilatada, en la que la inteligencia sea activada en la que haya una educación constante. El niño por sí solo podrá llegar también a poseer todos los sentimientos.

Ningún niño en una u otra forma deja de tener todos los sentimientos ni ningún educador podrá crear nunca sentimiento alguno. Pero el niño aislado, el de escasa inteligencia, el que ha sufrido una educación desviada, es pobre en su vida afectiva, sus sentimientos están diferenciados, no se manifiestan claramente, el niño en esas condiciones no pasa casi del placer y del dolor y de los sentimientos egoístas.



En el niño de dos a cuatro años, los sentimientos ya son abundantes. En el de cuatro a siete años, ya están casi todos esbozados y si bien no se puede decir que sean más numerosos que las emociones, porque el concurso de éstas viene determinado por un número de estímulos que las provocan, se puede asegurar que toda la vida afectiva del niño comienza a ser dirigida ya, tanto por los sentimientos como por las emociones.

Una característica esencial de la vida afectiva del niño es la ausencia absoluta de pasiones, las cuales no aparecen hasta la pubertad o la vida adulta. Si aparecieran antes, debería sospecharse una personalidad patológica. Esta ausencia de pasiones ni impide que en algún momento las emociones del niño (cólera, ira, temor, etc.) puedan llegar a crear un estado pasional momentáneo. Pero cuando éstas se presentan de una manera repetida, son también producto de una personalidad o educación desviadas.

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